[Alan]
El estruendo de los aplausos todavía reverberaba en la inmensa cúpula del Palacio de Congresos.
Los flashes de las cámaras nos cegaban intermitentemente, pero yo no podía apartar la vista de la mujer que tenía a mi lado. Adriana sostenía mi mano con una firmeza que me anclaba a la tierra. Su sonrisa era deslumbrante, genuina, y el zafiro en su dedo anular captaba la luz de los candelabros, enviando un mensaje claro e irrefutable a toda la élite de Roma: el rey había encontrado a su reina