¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Los golpes en la puerta de madera no eran una advertencia; eran la cuenta regresiva de una realidad ineludible.
La vibración resonó en las paredes del desordenado apartamento 4B. Layla, que un segundo antes estaba a punto de cruzarme la cara de una bofetada, retrocedió tropezando con una de sus propias maletas. El terror genuino le desfiguró el rostro, borrando cualquier rastro de la furia narcisista que la dominaba. Sabía perfectamente que el hombre que estaba al otro lado de