Se quedaron así un rato largo, todavía unidos, respiraciones pesadas sincronizándose poco a poco. Alan no salió de mí de inmediato; en cambio, empezó a moverse suave, casi imperceptible, solo para sentir cómo mis paredes lo apretaban en los últimos espasmos. Besó mi hombro, mi clavícula, subió hasta mi mandíbula... y entonces capturó mi boca de nuevo.
Esta vez no fue hambre salvaje. Fue devoción pura. Sus labios rozaron los míos con una lentitud que contrastaba con lo que acababa de pasar: beso