El brillo de la pantalla de mi teléfono iluminaba la penumbra de la habitación como una sirena de alarma.
«Estoy parqueado frente a tu edificio. Por favor, baja. No me voy a ir hasta que hablemos.»
El pánico me apretó la garganta. David estaba allá abajo. Si empezaba a tocar el timbre de madrugada, si armaba un escándalo en el pasillo, mis padres se despertarían. Y peor aún, Layla —quien vivía en el apartamento de enfrente— podría asomarse. Un circo de esa magnitud era lo último que necesitaba