Santi corría por el jardín con otros niños, riendo, persiguiendo una pelota que rodaba entre los arbustos bien cuidados del hospedaje. Por un instante, el mundo era simple otra vez. Hasta que dejó de serlo.
—Oye —dijo uno de los niños, deteniéndose de golpe—. ¿Por qué tu papá está en una reunión con otra señora?. . . mira esto uno de los niños de más edad.
Santi frenó en seco.
—¿Cómo que otra señora? —preguntó, confundido.
El niño señaló hacia el mensaje que tenía en el celular donde Vittorino estaba rodeado de gente, y muy cerca de él, Alejandra, elegante, sonriendo para las cámaras.
—Esa —dijo el niño—. No es tu mamá, ¿verdad?
Santi sintió un nudo en el estómago.
Sabía que no era su mamá. Sabía quién era esa en la foto.
—No —respondió, con voz más baja—. Esa no es mi mamá.
—Entonces… ¿por qué están juntos? Y ella lo abraza—insistió el otro, con curiosidad infantil, sin malicia. Santi apretó los puños.
No sabía qué responder. Nadie le había explicado cómo contestar preguntas que n