Vitto se negaba a ceder ante la necedad de Amanda y exclamó …
–Que obstinada eres, . ..¿Qué quieres decir con eso? –preguntó él, algo despistado por el tono jocoso de aquellas palabras.
–Alejandra. La malvada bruja, con su pelo negro, ojos negros y negro corazón. Y un deseo ardiente por apoderarse de los maridos de otras mujeres.
–Es de nuestra familia, es íntima de esta familia desde que yo recuerdo. No pienso apartarla del lado de mi madre solo porque a ti no te caiga bien.
–¿Y cómo queda tu hijo?
–A él no le gusta lo que a ti no te gusta.
–Ah, entonces es culpa mía. Tendría que habérmelo imaginado –dijo ella. Pero lo que realmente la enojó fue que él no lo negara.
–Me niego a condescender por prejuicios infundados.
Amanda miró de nuevo a la bahía. ¿Quería pruebas de los prejuicios de Alejandra hacía ellos? Las tenía, pero no estaba segura de si debía decírselas. La última vez que habían hablado del tema le había hecho tanto daño que se había jurado no volver a hablar de ello.
Enton