El rumor llegó a Amanda como una bofetada que no esperaba.
Estaba en la cocina de la villa, preparando una merienda para Santi, cuando escuchó a dos empleadas hablar en voz baja. No mencionaron su nombre, pero no hizo falta. Las palabras “manipular con el niño” y “ganarse un lugar usando a Vittorino” le cayeron como piedras en el pecho.
Sintió que el aire se le escapaba, con voz llena de pena exclamo
-¿Otro más? ¿Otra vez tenía que cargar con algo que no había hecho?
Se apoyó en la mesa, intentando respirar con calma. La angustia le subía por la garganta, asfixiante, como si la villa entera se hubiera vuelto más pequeña, más oscura, más fría. Los últimos días habían sido un infierno silencioso.
Con Vittorino apenas si hablaba. Ella sentía que algo le inquietaba pero nada comentaba y cuando se encontraban era alrededor de Santi, como dos extraños intentando fingir normalidad. Él evitaba cualquier conversación seria. Y ella estaba demasiado herida, demasiado confundida para insistir.
El