Alejandra no perdió tiempo. A la mañana siguiente, mientras el sol apenas asomaba sobre Roma, ella ya estaba sentada en su escritorio, el móvil en una mano y el portátil abierto frente a ella. Su expresión era una máscara perfecta de calma… pero sus ojos brillaban con esa determinación fría que la caracterizaba cuando ponía en marcha un plan.
—Empecemos —murmuró con una sonrisa apenas perceptible.
Abrió una carpeta digital que había preparado la noche anterior: fotografías, fragmentos de conver