Alejandra no perdió tiempo. A la mañana siguiente, mientras el sol apenas asomaba sobre Roma, ella ya estaba sentada en su escritorio, el móvil en una mano y el portátil abierto frente a ella. Su expresión era una máscara perfecta de calma… pero sus ojos brillaban con esa determinación fría que la caracterizaba cuando ponía en marcha un plan.
—Empecemos —murmuró con una sonrisa apenas perceptible.
Abrió una carpeta digital que había preparado la noche anterior: fotografías, fragmentos de conversaciones sacadas de contexto, comentarios insignificantes que, bien manipulados, podían convertirse en cuchillos precisos.
Empezó por lo más sutil. . . Un mensaje anónimo enviado a un pequeño grupo de distribuidores asociados a Giordani:
“Una mujer sin experiencia ni formación está influyendo en decisiones importantes de la familia.
¿Eso no es un riesgo para la imagen de la empresa?”
No decía nombre. No necesitaba hacerlo. La duda era más poderosa cuando no se mencionaba directamente al objetivo