La luz de la tarde entraba por las ventanas del salón de costura de Alice cuando aceptó la videollamada. El nombre Alejandra parpadeó en la pantalla por unos segundos antes de que la imagen apareciera.
Alejandra lucía impecable, como siempre: maquillaje perfecto, cabello recogido con elegancia, una postura calculada. Pero había algo distinto en sus ojos… una chispa inquieta, como si estuviera lista para defenderse antes incluso de ser atacada.
—Madrina, ¡qué gusto verla! —saludó con una sonrisa