La luz de la tarde entraba por las ventanas del salón de costura de Alice cuando aceptó la videollamada. El nombre Alejandra parpadeó en la pantalla por unos segundos antes de que la imagen apareciera.
Alejandra lucía impecable, como siempre: maquillaje perfecto, cabello recogido con elegancia, una postura calculada. Pero había algo distinto en sus ojos… una chispa inquieta, como si estuviera lista para defenderse antes incluso de ser atacada.
—Madrina, ¡qué gusto verla! —saludó con una sonrisa demasiado amplia.
Alice no sonrió. Había estado toda la mañana pensando, conectando silencios, miradas evitadas y el rumor que ya corría entre algunos pasillos de la villa.
—Alejandra —respondió con tono sereno pero firme—, te llamo porque quiero hablarte de algo… delicado.
El rostro de Alejandra se tensó apenas un segundo, pero recuperó su expresión amable.
—¿De qué se trata?
Alice apoyó las manos sobre el escritorio.
—Me llegó un mensaje esta mañana. Un comentario… malintencionado sobre Amanda