No me gusta el camino que están tomando las cosas —dijo Ana Álamo a su hijo, que se encontraba sentado en la reconfortante silla del despacho.
—A mí tampoco, madre; esto se me está escapando de las manos, aun así, no me quiero precipitar. Creo que aún puedo solucionarlo, sin necesidad de resucitar los fantasmas del pasado.
—¡Hijo, por el amor a Dios! ¿Cómo dices que aún puedes controlarlo? ¿Es que acaso no te das cuenta de lo letal de la situación? Tú mismo has sido testigo de cómo reaccionó A