—¿Estefanía no vas a desayunar conmigo, como siempre lo hemos hecho? —su voz sonó algo decepcionada.
—Madrina, discúlpeme, ya he desayunado, quería ir más temprano a las barracas a comenzar las lecciones de los niños.
—Como si no te conociera, te incomoda la presencia de Elizabeth, ¿verdad? —me interrogó con astucia.
—No, madrina ¡Cómo creé!
—Porque lo veo en tus ojos… Ella tampoco es santa de mi devoción, pero hay que mantener la elegancia y las buenas costumbres e ignorar, grac