El amanecer se deslizaba con suavidad entre las cortinas. Ana abrió los ojos lentamente, se estiró un poco y notó el espacio vacío a su lado. Tocó la sábana aún tibia; Leonardo ya había salido de la cama. Por un momento pensó que se había ido a la empresa, pero un murmullo de voces en la sala la puso a dudar.
Se incorporó, se colocó una bata ligera y caminó hasta la puerta. Al abrirla, la escena la hizo sonreír: Clara estaba sentada en el sofá, con una taza entre las manos y su sonrisa de siemp