Ana entró al edificio con el pulso acelerado. Su respiración aún no se estabilizaba desde el encuentro con Julián. Marta caminaba detrás de ella, discreta pero firme, asegurándose de que nadie las siguiera.
El aire acondicionado del lobby la hizo estremecer. Todo le parecía irreal: los murmullos de los empleados, los ascensores subiendo y bajando, las risas de algunos compañeros que, ajenos a lo que acababa de ocurrir, seguían con su día normal.
No lo dudó. En lugar de regresar a su puesto, se