ADRIAN
Estaba sentado en mi oficina mirando el sobre que el mensajero había dejado sobre mi escritorio con un asentimiento educado.
La dirección de remitente pertenecía a un bufete de abogados.
Probablemente el mismo que Lydia había contratado.
Y dentro estaba la petición oficial de divorcio.
De verdad lo había hecho.
Había seguido adelante y presentado todo sin mi consentimiento.
El proceso ya estaba en marcha ante los tribunales.
Continuaría conmigo o sin mí.
Debería haberme sentido aliviado.