CAPÍTULO 43. Un camión de desechos tóxicos
CAPÍTULO 43. Un camión de desechos tóxicos
—¡Dímelo! —grita con tanta fuerza que su tono envía un escalofrío directo a mi columna.
—Sí… —susurro con los ojos cerrados hasta que siento una de sus manos en mi garganta—. Maldita sea, Viggo…
Su nombre en mi boca destierra el último reducto de cordura. Él entierra el rostro en mi cuello, mordiendo mi piel húmeda mientras me embiste con más fuerza, arrancándome un grito tras otro. Nos movemos en un frenesí desesperado, chocando sin control, alimentán