El silencio desde el cuarto de Danna era más aterrador que los gritos.
Veinticuatro horas. Un día completo encerrada. La puerta permanecía cerrada con llave desde el interior.
Sophia dejaba comida en bandejas afuera de la puerta cada pocas horas. Pan. Queso. Agua. Todo intacto cuando regresaba. Dejaba notas escritas a mano:
Estoy aquí. Siempre.
No estás sola.
Respira.
Los tres—Liam, Stephano, Valentina—merodeaban por la casa como fantasmas inquietos. Escuchaban los sonidos que se filtraban a tra