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El sueño no había llegado. Danna lo supo con certeza cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse entre las cortinas blancas de su habitación, tiñendo las paredes de un gris pálido que le recordaba a las sábanas del hospital en Ginebra. Había pasado la noche en vela, alternando entre alimentar a Leonardo—que parecía haber heredado su insomnio—y revisar compulsivamente su teléfono, esperando el siguiente golpe.

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