El diario llevaba abierto en la misma página desde hacía cuarenta minutos.
La sala sellada del ala oeste olía a madera vieja y a algo que no tenía nombre en el espectro de aromas que conocía antes de llegar a esta hacienda. Había aprendido a reconocerlo: el olor específico del espacio Voraz, de los objetos que habían estado en contacto con la naturaleza de los hermanos durante décadas.
Hoy ese olor me resultaba diferente.
Hoy ese olor me resultaba, en algún sentido que todavía no podía formular