Había estado evitando el diario de Ezequiel durante tres días.
No conscientemente. Lo tenía sobre el escritorio de mi cuarto y lo dejaba ahí mientras hacía otras cosas, lo veía cuando entraba y salía, lo ignoraba con la eficiencia de alguien que no quiere examinar por qué lo está ignorando.
La noche después del gesto de Luciano en el despacho, lo abrí.
No desde el principio. Desde las últimas páginas, donde mi padre había escrito más despacio, con letra más apretada, como si le preocupara el es