La reunión la convocó Luciano para después de cenar.
Sin agenda declarada. Solo: Despacho, los cuatro, a las nueve. Lo que en el idioma de Luciano era suficientemente claro: había algo que decir que requería la presencia de todos y no podía seguir esperando.
Llegué puntual.
Dante ya estaba en el sillón de la esquina, los brazos cruzados, mirando la librería con la concentración de alguien que no está mirando la librería.
Sael estaba apoyado en el estante lateral con una taza de café que no pare