Sael me preguntó si quería entrar.
No de esa manera —no con esas palabras— pero era exactamente lo que preguntó cuando abrió la puerta de su cuarto y me encontró en el pasillo, sin haber llamado todavía, parada frente a la madera con la mano a dos centímetros del marco.
—¿Entras o calculas? —dijo.
—Calculando.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Poco. —No era verdad. —Suficiente para saber la respuesta pero no lo suficiente para no seguir calculando.
Sael me abrió la puerta.
Entré.
El cuarto de Sael o