Llevé a Perla al cuarto donde había dormido la primera semana.
No lo había vuelto a usar desde que Perla me asignó la habitación del ala este — más amplia, mejor orientada, con la ventana que daba al jardín norte.
Este cuarto lo había vaciado de mi presencia a los diez días de llegar y no había vuelto desde entonces.
Olía a piedra y al aire cerrado de un espacio que no recibe visitas.
Perla entró detrás de mí sin preguntar a dónde íbamos.
Eso también era nuevo: que Perla siguiera sin preguntar.