La cocina a las siete de la mañana olía igual que el capítulo 177: café y pan y el sonido del fuego bajo en la hornilla.
Perla estaba en el mismo lugar.
Yo también llegué igual —antes que los hermanos, con la costumbre de los años de no esperar que nadie preparara nada. Pero esta vez no me detuve en el umbral ni procesé si era el momento correcto.
Me senté.
Perla puso una taza frente a mí sin preguntar.
El café llegó después. Sin que lo pidiera.
Cuatro semanas habíamos estado navegando esto así