El patio trasero olía a tierra húmeda y a la madera vieja de la cerca que nadie había reparado desde que llegué.
Dante estaba ahí antes que yo.
De pie frente a la barda, con las manos en los bolsillos y la postura de alguien que no está esperando exactamente pero que tampoco se sorprende de que aparezcas. El cuaderno de piel gastada estaba sobre la barda, cerrado.
—Leíste el expediente de Crisanto —dijo. No era pregunta.
—Tres veces.
—¿Conclusión?
—Que no hay ningún error factual. —Me detuve a