La reunión de esa tarde fue corta.
No porque hubiera poco que decir. Sino porque lo que había que decir era claro y yo lo sabía decir sin rodeos, que era exactamente el modo en que correspondía decirlo cuando la sala tenía a tres Voraces que podían leer los estados emocionales de los presentes, una mujer que llevaba dos años siendo instrumento y había decidido esa mañana contar el resto de lo que guardaba, y una periodista que había documentado más de ciento treinta años de anomalías en un arch