Me acerqué a él, intentando atraerlo sobre mí. Pero él se detuvo. Apoyó sus manos a cada lado de mi cabeza, manteniendo su peso alejado del mío, con su rostro a apenas unos centímetros del mío. Su voz sonó ronca cuando susurró:
—Ariella, yo…
Pero no lo estaba escuchando. No quería oír cualquier excusa que estuviera a punto de dar. No me importaba. Así que tiré de él con más fuerza hacia mí y lo besé, desesperada, tratando de quemar todo el espacio que él seguía poniendo entre nosotros.
Al pri