Asher
La contemplé allí recostada en la cama, con los muslos lo bastante entreabiertos como para constituir una invitación tácita. Un desafío silencioso. Un reto.
No tenía que pronunciar una sola palabra; su cuerpo se encargaba de hablar por ella. Estaba húmeda, casi goteando de necesidad.
Y, joder, cómo deseaba aceptar. Subirme a esa cama, separarle las rodillas y tomarla. Reclamarla. Recordarle a quién pertenecía... a quién pertenecería siempre.
Maldita Ariella Costa.
Ejercía este efecto