—Ponte en la cama —ordenó.
Me aparté de él y me subí a la cama a gatas. Asher se enderezó con una mirada de absoluto deseo en los ojos. Me sobresaltó la intensidad, la resignación y la oscuridad que se mezclaban en su rostro; lucía como un hombre que había perdido la batalla contra sí mismo. Permanecía erguido y regio, inmóvil salvo por el ascenso y descenso de su pecho mientras sus ojos escudriñaban mi cuerpo desnudo.
Luego alzó las manos y se quitó el saco. Este se deslizó hacia el suelo con