Alejandra Marie Costa
Cierro la puerta de la habitación con suavidad, como si el mundo fuera a romperse si hago más ruido del necesario. Richard está de pie junto a la ventana, observando la oscuridad del exterior como si pudiera descifrar lo que se aproxima. No se gira cuando me oye entrar. Solo habla.
—¿Te dijo algo?
Asiento, aunque él no lo vea.
—Dice que es mi hermano.
—¿Y tú? ¿Le crees?
Sus palabras no llevan reproche ni sarcasmo. Solo una calma forzada que oculta lo evidente: le duele pr