Horas después, el jardín parecía otro mundo. El sol de la tarde bañaba los arbustos en tonos dorados, y el aire tenía ese aroma suave a tierra tibia y flores recién abiertas. Elara caminaba junto a Duncan por el sendero de grava, sus dedos entrelazados, sus pasos sincronizados como si el mundo por fin les diera tregua.
—Grace me habló de una iglesia en el pueblo —dijo Elara, con voz tranquila—. La visitaron hace unos días. Dice que es pequeña, pero muy bonita. Tiene vitrales antiguos y un jard