Keith permaneció apoyado sobre la madera de la puerta, su figura alta y ancha recortada contra la penumbra, con el vaso de whisky aún en su mano. El silencio era asfixiante para Elara. En el centro de la cama estaba ella, con las rodillas apretadas contra su pecho, pero no por el frío; estaba temblando en convulsiones cortas y dolorosas. La piel se le erizaba, a pesar del calor sofocante de la habitación, y cada poro parecía gritar su humillación.
—Acuéstate, Elara —ordenó Keith, su voz tranqui