Elara se quedó inmóvil, todavía sintiendo el sabor del pulgar de Keith sobre su lengua. La humillación era tan real como el sudor frío que le recorría la espalda. Se sentía marcada, profanada por ese simple toque. En lugar de responder a su amenaza final, Keith simplemente la miró fijamente, con una sonrisa lánguida y completamente depredadora, una expresión que decía: Ya eres mía. Luego, se apartó con un movimiento fluido que rompió el cruce de miradas, pero no la tensión, dejándola temblando.