Elara comenzó a correr, propulsada por un terror que había superado la cortesía de Grace. Su corazón galopaba en su pecho, un tamborileo sordo que resonaba en sus oídos. Se movió con la velocidad de una liebre asustada a través del pasillo que conducía al ala trasera. Su mente gritaba la hora. Había superado su plazo por veinte minutos de cortesía involuntaria hacia Grace. Sabía, con certeza escalofriante, que esa demora sería catastrófica.
Llegó a la puerta trasera que daba a los jardines. El