Elara se quedó clavada en el pasillo, su cuerpo entero temblando con una mezcla de miedo e impotencia. Los ojos oscuros y profundos de Keith, que hace un instante ardían con la furia de su llamada telefónica, ahora la miraban con una calma calculadora, era una oscuridad peor que cualquier ira desenfrenada. Él no estaba invitándola; estaba obligándola. La mano de Elara se cerró en un puño, incapaz de levantarla para protestar, y su mirada se inclinó, incapaz de mirar a Keith. La sumisión no fue