Elara se hundió en el sillón, fingiendo una comodidad que distaba mucho de su tormenta interna. El reloj era como un cronómetro. Ya llevaba minutos de retraso. El terror de la furia silenciosa de Keith era una mordaza en su garganta, tan asfixiante como la capa que había usado horas antes. No podía rechazar la hospitalidad de Grace sin exponer su coartada.
Grace se sentó frente a ella, sirviendo con calma dos tazas de té de jazmín de una tetera de porcelana fina que parecía tener siglos. El rit