Siempre fue así.
Me senté y cerré los ojos, permitiéndome disfrutar de esa certeza. No de su dolor —eso sería vulgar—, sino de la precisión. De saber que aún podía anticiparla.
Sebastián, en cambio, era distinto.
Más impredecible. Más contenido.
Eso lo hacía peligroso… pero también manipulable.
Los hombres que se creen protectores siempre cargan con una ilusión peligrosa: piensan que el sacrificio los legitima. Que, si dan lo suficiente, si resisten lo suficiente, serán indispensables.
No entie