Eran las cuatro de la mañana. La ciudad de Manhattan parecía dormir en silencio, por fin libre del constante bullicio, del caos interminable que había sido su compañía en días recientes. Pero para Isabella esa quietud solo parecía amplificar el silencio desgarrador que había dentro de ella. La noche, esa noche eterna, la había visto recostada en la cama de Sebastián, donde sus pensamientos se mezclaban entre el alivio que sentía por no escuchar el estruendo del tráfico y la profunda sensación d