En el ascensor del hotel, la cámara de seguridad me observaba con su lente ciego. Sabía que, si *ellos* querían, podrían acceder a la grabación y verme entrar. Pero fingí normalidad.
Dentro de la habitación, revisé el perímetro. Cables, marcos, salidas. Todo limpio. Hasta que vi la esquina inferior del espejo del baño: un punto negro apenas visible. Un micrófono.
“Así que ya sabían dónde buscarme”, murmuré.
Lo desactivé con un golpe seco. Después, encendí la computadora vieja que usaba solo par