La ciudad me recibió con un cielo plomizo y un olor a mar que metía sal hasta en la garganta. Lisboa parecía un mapa antiguo donde las calles se doblaban como reglas que alguien dobló con intención; los adoquines reflejaban la lluvia reciente y el Tagus brillaba, inmenso y frío, en la distancia. Me bajé del taxi sin preguntar, pagué con un billete arrugado y caminé con la espalda tensa hacia el hotel. La burocracia del viaje —documentos, reservas, nombres falsos— ya no me provocaba el vértigo d