La mansión respiraba un silencio que pesaba. Era el silencio de los días posteriores a una tormenta: las cortinas apenas se movían, las arañas de cristal colgaban inmóviles y la gran chimenea, con su óleo de Carlos enmarcando la escena, parecía conservar todavía un calor fúnebre. Bella caminó por el salón con la distancia de quien cumple un rito diario; ajustó una flor en el jarrón, ordenó un códice de condolencias para las visitas que venían y se fue a sentar en el sofá, como si la gravedad de