La galería privada tenía la calma medida de quienes creen que el arte disimula intenciones. Sus paredes, cubiertas de lienzos que hablaban en colores apagados, olían a madera y barniz nuevo; una luz tenue recorría las piezas, creando sombras deliberadas. Clara cruzó la sala con pasos suaves: aquel lugar era neutral, elegante y lo suficientemente apartado para que las palabras se dijeran sin prisa. Perfecto para que Martín Ríos jugara a ser confidente o verdugo, según le conviniera.
Él la recibi