La madrugada en Manhattan tenía un pulso propio. Afuera, las luces se disolvían en el vidrio panorámico de su oficina, reflejando su rostro cansado pero atento. Sebastián llevaba horas analizando patrones de transferencias, moviendo los dedos sobre la mesa táctil con la precisión de un cirujano. Había algo en los datos que no cuadraba.
El nombre de Carlos había vuelto a aparecer. No en texto directo, claro —era un eco, un susurro dentro de una secuencia de transacciones codificadas— pero Sebast