Salí de la cafetería con la sensación de estar flotando entre dos mundos: el que dejaba atrás al cruzar la puerta y el que me esperaba afuera, en la acera, con el viento de la mañana pegándome al abrigo. “Isabela ”, así me había presentado, y ya notaba cómo ese nombre me moldeaba, me empujaba a caminar con confianza, a esconder mis miedos detrás de una máscara que debía parecer natural. Pero al mismo tiempo, sentía la ausencia de alguien: él, Sebastián, mi socio, mi cómplice, mi ancla. Él no es