La taza estaba caliente entre sus manos y el vapor ascendía lentamente, como si quedara suspendido en el aire un suspiro interminable. Isabela —pero bajo su nueva identidad, “Isabela”— miraba por el cristal de la cafetería, observando la calle donde los coches pasaban y el tráfico urbano seguía su curso sin pausa. Era una mañana cualquiera para muchos, pero para ella todo era distinto. Cada gesto, cada mirada ajena, cada reflejo en el vidrio le recordaba que su vida había cambiado para siempre.