Justo notó el leve temblor en la voz de su esposa. Aquella molestia no era por autoridad, sino por celos, y eso, aunque no debía alegrarlo, le robó una sonrisa. Al menos, pensó, todavía le importaba.
Se levantó y caminó hasta ella, posando una mano sobre su hombro antes de besarla suavemente.
—Dinea — Dijo con serenidad— Mi esposa tiene razón. Además, ella sabe responder ante los distintos problemas. Si yo no puedo hacerlo, lo hará ella —
Dinea bajó la cabeza, pero sus labios se tensaron. En su