Justo notó el leve temblor en la voz de su esposa. Aquella molestia no era por autoridad, sino por celos, y eso, aunque no debía alegrarlo, le robó una sonrisa. Al menos, pensó, todavía le importaba.
Se levantó y caminó hasta ella, posando una mano sobre su hombro antes de besarla suavemente.
—Dinea — Dijo con serenidad— Mi esposa tiene razón. Además, ella sabe responder ante los distintos problemas. Si yo no puedo hacerlo, lo hará ella —
Dinea bajó la cabeza, pero sus labios se tensaron. En su interior hervía la molestia. Estaba cansada de ver a la matriarca entrometerse en asuntos que, hasta hace poco, eran solo de su señor. Anhelaba que la crisis pasara pronto, que Justo regresara a trabajar a su lado, sin la presencia constante de Ninf.
—Bien, mi señor — Respondió al fin— Han informado que en los cristales del norte aparecieron varios oscuros entre los blancos —
Justo se puso serio al instante, pero fue Ninf quien se estremeció. Había visto aquello en sueños; los oscuros propagánd