Royer, con la voz temblorosa, tomó las manos de la joven —Reina… te amo y te tomo como mi compañera, amiga y esposa —
Ella sonrió, con lágrimas contenidas —Royer, también te amo… y te acepto como mi compañero, amigo y esposo —
Ambos dejaron caer una gota de sangre sobre el sello grabado en piedra. El símbolo brilló con un resplandor carmesí y se grabó en sus muñecas, uniendo sus destinos ante todos los presentes. Hubo aplausos, risas, música… y, en medio de aquella alegría, los ojos de Lessandr