La oficina parecía un barco naufragado que acababa de ser azotado por una violenta tormenta. Había vidrios rotos y papeles esparcidos por todas partes. Sin embargo, al hombre que estaba al teléfono no parecía importarle en absoluto, ya que él mismo había provocado semejante desastre.
—¡Ah, maldición! ¿Dónde diablos está Roy? —maldijo Jayden, arrojando su teléfono con fuerza. La pantalla se estrelló, pero el aparato seguía encendido. Soltó un gruñido de frustración mientras clavaba la mirada en