—Al fin llegas, Hans —lo saludó Thomas con una sonrisa al ver a su hijo.
En lugar de devolverle el gesto, Hans lanzó una mirada asesina. Pero no a su padre, sino a la figura sentada frente a él, que le sonreía levemente. Una sola presencia que bastó para arruinarle el humor por completo.
—Buenas tardes, señor Hans —saludó el hombre con cortesía, como si entre ellos no hubiera pasado absolutamente nada.
—¿Qué hace usted aquí, señor Jayden? —preguntó Hans, sin disimular ni un segundo su expresión