ALEXANDER HAMPTON
El Audi A6 alquilado parecía un horno. El sol de San Francisco pegaba en el cuero negro y el trayecto de veinte minutos transcurrió en un silencio tenso.
Yo intentaba concentrarme en el camino, en las curvas locas de la calle o en cualquier cosa que no fuera su olor. Ese perfume estaba llenando el espacio reducido del auto, y me estaba mareando, o tal vez era la resaca.
Ella, por su parte, estaba perfectamente relajada en el asiento del copiloto, mirando por la ventana, hacien