Cuando Belén abrió los ojos, un frío intenso la atravesó. No estaba en casa, ni en un lugar familiar, sino en una habitación blanca, llena de silencio y un olor a desinfectante que le quemaba la garganta. Sus párpados temblaron y pronto sus ojos se llenaron de lágrimas que se negaban a caer, como si su cuerpo entero estuviera resistiéndose a aceptar la realidad.
Entonces, la voz del doctor rompió el frágil silencio, con una mezcla de pena y formalidad que sonaba como un puñal en el pecho:
—Belén